LEYENDA “LA
ETERNA HISTORIA”
-Y
allí estaba yo en aquella plaza donde jugaba, donde las rodillas me
sangraban, con ese pantalón de pana corto, donde mi madre desde la
ventana de mi casa me llamaba gritándome como si gritara al viento “
José Luis, vente ya”. Donde una simple botella de cristal parecía
una nave espacial donde alcanzar la luna. Donde se descubren los
primeros besos y se jura amor eterno. Por donde ver a tu padre llegar
del trabajo y darte un beso o unas cuantas collejas. Donde los
ancianos reñían y tú obedecías. Donde todo es perfecto y no
existía maldad. Donde con los año se iba dejando detrás la
infancia al igual que las promesas, donde ese “para siempre” era
el recuerdo, no la realidad. Sí, en aquel lugar donde me gustar.ia
volver a estar. En aquella vieja plaza donde de joven, pero no tan
joven, estaba, me senté, en un banco frío esperando a mis mejores
amigos. Allí estaba paseando, con pelo como el oro, ojos como
esmeralda y ese rostro como una perla, pasó dejando un rastro de
ese olor, un olor fresco y joven. Y con un giro se quedo clavado en
mi recuerdo esa eterna sonrisa.
- José Luis – se escuchaban mis amigos de fondo.
Fui
allí cada día, formé mi familia, tuve a mis hijos y la esperé.
Pero ella nunca más volvió. Siguieron pasando los dias, los meses,
los años y esa llama de esperanza ya solo era rescoldo. El día
menos esperado pasó una apuesta señorita, con su pelo, sus ojos, su
sonrisa, pero con ese olor.
- Oye – no pude sostenerme a detenerla- ¿eres tú? ¿eres tú? Soy yo, José Luis.
- Quieres decir que eres tú... tú eres el muchacho del que mi madre me ha hablado tanto, por el que fuera dado la vida por volver a por ti.
- ¿Como? – le dije el confundido.
- Sí, mi madre ha estado enamorada de ti toda la vida. Pero por desgracia ella nunca pudo volver.
- ¿Donde está? – le dije impaciente
- Lo siento mucho, pero mi madre en un intento por volver y salir de la guerra, fue abatida.
Yo
con un nudo en la garganta, ojos brillantes, con más agua que el
mar y todas las mariposas de mi estomago muertas. Cogí fuerzas de
donde no existían y dije:
- ¿Donde está? Me tengo que despedir de ella.
- Te llevaré. La enterramos aquí porque era el único sitio en el cual cada vez que lo recordaba, sonreía.
Llegamos
a un pequeño cementerio acogedor con el suelo verde, y yo con una
rosa blanca que había cogido por en camino. Y allí estaba ella, en
esa tumba en el suelo, rodeada de flores, me arrodillé y empecé a
arrepentirme de porque no te paré aquel día. Un fuerte dolor en el
lado izquierdo del pecho me dejo sin respiro, hasta expirar.
Y
esta es mi historia, pero ahora tenemos la eternidad para estar
juntos.
MARÍA
GONZÁLEZ GUTIÉRREZ